Veintidós de
diciembre del dos mil catorce. Diecisiete horas y ocho minutos. Entrada
edificio Rivadavia al 6000.
Nene de seis.
Lo trajo un
señor. Lo dejó en manos de una muchacha.
A ella le dijo: “¡Papá
Noel llamó a casa!”.
A ella se lo
exclamó. Ella sonrió, cómplice, entusiasmada,
El niño tenía
pintada una sonrisa indeleble en la carita.
Casi las fiestas.
“¿En serio? ¿Y
qué te dijo?” preguntaba ella.
El niño seguía
sonriendo. Daba vueltitas con las manos, inquieto, alegre.
Muchas vueltitas,
muy inquieto, muy alegre.
Y siguieron su
curso. No presencié la escena más de diez segundos y sin embargo parecía que
todo aquello había durado muchas navidades. Todas las que ahora no nos
entusiasman tanto.
Y seguí mi curso,
sin lograr enterarme qué es lo que Papá Noel le dijo al nene.
Sin lograr
conocer el secreto. Sin lograr pintarme la sonrisa inocente, inquieta, alegre.
¿Espíritu
navideño? Fueron diez segundos, pero la alegría de esa llamada le durará para
construir más que un arbolito.