domingo, 28 de diciembre de 2014

Bonhomme Noël

Veintidós de diciembre del dos mil catorce. Diecisiete horas y ocho minutos. Entrada edificio Rivadavia al 6000.
Nene de seis.

Lo trajo un señor. Lo dejó en manos de una muchacha.
A ella le dijo: “¡Papá Noel llamó a casa!”.
A ella se lo exclamó. Ella sonrió, cómplice, entusiasmada,
El niño tenía pintada una sonrisa indeleble en la carita.
Casi las fiestas.

“¿En serio? ¿Y qué te dijo?” preguntaba ella.
El niño seguía sonriendo. Daba vueltitas con las manos, inquieto, alegre.
Muchas vueltitas, muy inquieto, muy alegre.

Y siguieron su curso. No presencié la escena más de diez segundos y sin embargo parecía que todo aquello había durado muchas navidades. Todas las que ahora no nos entusiasman tanto.
Y seguí mi curso, sin lograr enterarme qué es lo que Papá Noel le dijo al nene.
Sin lograr conocer el secreto. Sin lograr pintarme la sonrisa inocente, inquieta, alegre.

¿Espíritu navideño? Fueron diez segundos, pero la alegría de esa llamada le durará para construir más que un arbolito.

Captador de la magia cotidiana

Dieciocho de diciembre del dos mil catorce. Dieciséis horas y cinco minutos. Sobre Dorrego a media cuadra de Cabildo.
Hombre de cuarentilargos. Cuatro nenas de diez.

El hombre, el señor, y una cámara. Las cuatro jóvenes alegres. Riendo. Observando. Rodeando.
El lente apuntó a algún, a alguien, a algo, cruzando Dorrego. Por allá sobre la estación de servicio.
Click.
La mirada de los cinco apuntó al visor de la cámara. Asombro. Admiración. Sonrisas.

El lente apuntó directo a un hombre llevándose un sanguche a la boca. Apuntó a aquel hombre a no más de treinta metros.
Click.
Risas sin siquiera haber visto el visor.

¿Será? Poseedor del instrumento mágico que capta momentos. Captador de situaciones. Esta vez, cotidianas. ¿Será? Un compañero de pasión.
Y de esa manera, con varios clicks, dos ojos con buena puntería, admiración de la cotidianeidad, abrazado a la fotografía para conseguir la admiración, el asombro y la alegría de cuatro pequeñas dueñas de su tiempo, asombradas de la cotidianeidad.
Como nosotros hoy.
Acá, y cotidianamente.

Mágicamente. 

Celui qui a de l'imagination, a des ailes

Diecisiete de noviembre del dos mil catorce. Trece horas y doce minutos. Vagón subte línea A.
Nene.
Remera Adventure time. Bermudas.
Muchas. Muchas pajitas en la mano.

Unos segundos, mucha imaginación y varias sonrisas bastaron para que insertara cada pajita en los huecos entre los dedos.
Ocho garras retráctiles eran ahora suyas. Ocho tubitos de plástico eran ahora su nuevo super-poder.
“Ma, soy Wolverine” dijo sonriendo.

Realmente estaba contento. Era ahora un superhéroe. Chiquito, moderno, y con ocho garras poderosas.
Orgulloso. Ingenioso.

Si puede ser magia, que lo sea.
Con unos pocos segundos, ocho tubitos de plástico y la imaginación de un chiquito (que recorre más de lo que su pequeño cuerpo logra contener) se convirtió en un gran superhéroe.

Y eso mismo fue, es y será el super-poder de los infantes (y de algunos no tan infantes): la imaginación.

Aureola de plata (diente de león)

Seis de noviembre del dos mil catorce. Dieciocho horas y diecisiete minutos. Puente Caballito llegando a Avellaneda.
Nene.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos.
Panadero. Diente de león. Achicoria. Amargón. Chinita de campo. Taraxacum officinale, a veces. Considerada por algunos como una “mala hierba”.

Sin etiquetas. Sin creencias. Sin prejuicios. Sin conocimientos.
El nene lo vio a unos metros. Corrió. Mientras corría se le iba pintando una sonrisa.
Lo arrancó del estrecho (muy estrecho) camino de pasto.
Era suyo. Era su panadero. Su flor. Sus sueños. Su asombro. Su admiración.
Era la belleza. Era el viento. Eran todos los sueños de todas las personas que alguna vez habían visto uno.
Y no dejó de mirarlo. Ni de agarrarlo. Lo deseó. Le deseó. Lo admiró.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos. Y crecen los sueños y la sonrisa de aquel nene.

Crecen todos los sueños de todas las personas que alguna vez vieron un panadero.

viernes, 1 de agosto de 2014

Ça c’est, pour moi, le plus beau et le plus triste paysage du monde

Tres de julio del dos mil catorce. Casi 16hs.

Apurada porque llegaba tarde, no le presté mucha atención en las primeras canciones que interpretó (allá por la línea A). Por respeto me había sacado los auriculares.
Estaciones antes de mi bajada, comenzó a tocar y cantar "Yesterday". Llamó mi atención. Sonreí. Me gustaba y me gusta tanto.
A pasos de llegar a estación Perú, se cruzó con otro juglar. Entre murmullos se decidieron. Sorprendieron al vagón cantando juntos "El fantasma de Canterville".

Abandonando el vagón, los oía, recordando que meses atrás había sido una canción realmente importante en mi vida. Y comprendiendo que seguía siéndolo.

Auriculares puestos. Combinación con la D. Ya distraída nuevamente.

"Bring it back, bring it back. Don't take it away from me because you-don't-know what it means to me".
En la escalera que me dejaba en Catedral lo escuché.
Tenía micrófono y guitarra. La gente lo escuchaba atenta. Cada persona. Cada oído. Cada corazón.
Y era tan suave.

Entre aplausos con emoción la encontré en la multitud.
Hipnotizada. Pegada al libro. Sonrisa (mía, suya).
"El Principito".
Y nuevamente me cruzaba con algo tan representativo.

Nos subimos al vagón. Me quedé a su lado. De reojo noté que estaba por la página 18. O quizás 19.
Justo ahí donde el astrónomo turco expuso el descubrimiento del asteroide B612 en un Congreso Internacional de Astronomía.
En esas páginas vivía el Principito. En esas páginas vivía la alegría. En esas páginas vivía mi infancia. "Yesterday".

Sonreí. Miré de reojo. Y de vuelta, de vuelta, y otra vez.
Sin animarme a preguntarle si era la primera vez que lo leía. Qué le parecía. Si le gustaba.
Una joven de veintitantos leyendo el Principito, ¿se considera como uno de los adultos de los que habla Saint-Exupéry?

Y me bajé allá por Ministro Carranza.
Y me llevaba conmigo la magia de tres juglares, tres canciones, un asteroide y una sonrisa (mía, suya, de todos los que lo escucharon cantar).


sábado, 21 de junio de 2014

Me gusta estar abrazado a mi mujer (que es mi dios)

Cinco de junio del dos mil catorce. Vagón del subte, línea A.
Pareja de treinta.

Dos.
Ella rubia, sobre su hombro. Tomando su mano. Enredándose los brazos de ambos. Dormida.
Él sosteniéndola. Mirada perdida al piso del vagón. 

Nadie sabrá qué pensaba. Pero se interrumpió y le dio besos en la nariz. 
Besos en la nariz y caricias en la mano.
Y así empezó a unirse.

Pasado un rato así, se acomodó. 
Con una mano tomó la de la muchacha.
Con la otra le acarició el pelo, el cachete, la naricita. 
Cerraron los ojos.

Y se unieron en el viaje.
Descansados.
Únicos.
Simples.
Dos.

viernes, 20 de junio de 2014

Con tus ojos descubrís lo que pocos descubren hoy

Tres de junio del dos mil catorce. Dos y cinco de la tarde. Estación Perú de la línea A, hacia Plaza de Mayo.
Mujer de veintitreinti.

Aquel día decidí tomarme el subte sentada.
Cansada. Dormida. Nerviosa. 
Y si no decidía tomarlo sentada aquel día, no la iba a ver.

Habiendo levantado justo la vista del reloj, la vi.
Tapado rojo. Rulos. Boina.
Coqueta. Alta. 

Fotografías antiguas de cuando el subte recién conocía Buenos Aires. 
Blanco y negro. Sombreros. Vestidos. Igualmente apurados. Siglo pasado.
Y si bien todos advertimos las imágenes en la estación, nunca había visto a alguien que se detuviera a observarlas. A descubrirlas. Y descubrirnos.

Pero ella caminaba despacio. Apenas caminaba. 
Y no miraba las fotos de reojo, "al pasar", de costado. Tampoco estaba apurada.
Se quedaba parada mirando. Descubriendo. 
Sí, sonriendo también. 

Desapareció lentamente en el pasillo de combinación con la D.
Pocos son los que se detienen a ver las fotos.
Pocos son los que caminan despacio, casi sin caminar.
Pocos son los que se detienen, y sonríen.
Pocos son como ella. Y ella ya es un montón.

lunes, 5 de mayo de 2014

¡Mirá, pa!

Lunes cinco de mayo del dos mil catorce. Dos de la tarde. Vagón del subte A.
Niña de tres años. Padre.

Vi su carita y noté algo particular.
Por alguna razón me hacen sonreir los nenes chiquitos que cuestionan todo. Que ponen a prueba. Que se ponen a prueba. Que saben un montón.

"Mirá, pa".
Y "pa" la miró curioso.
"En el libro de Alicia en el país de las maravillas..." y "pa" ya se estaba quedando impresionado "...hay un sombrerero y un conejo..." y yo ya estaba sonriendo "...y los dos están locos."

"Pa" largó una risita. Yo no le sacaba los ojos de encima a la pequeña gigante.
"¿En serio? ¿Y qué más?" curioso "pa".
"Mirá, pa. Están todos locos, y festejan el no cumpleaños."
"¿Y qué es éso?"
"Mirá, pa. Es un día que no cumplís años. Y el sombrerero y el conejo lo festejan tomando té."

Sorprendida. Sonriendo.
La noche anterior habían pasado la película animada de Alicia en Disney Channel. No había podido evitar verla.

Me bajé del subte en Puán, festejando que ambos bajaran allí también.

"Mirá, pa" y pasó por el molinete, pequeña, empujándolo, mostrándole a "pa" cómo funciona, cómo sabe que funciona.
"Mirá, pa" y se cerró el cierre de la campera azul hasta arriba de todo, haciendo que se tragara su pera, su boca y su nariz. Se había detenido para hacerlo. "Pa" había avanzado. Ella rió mientras corría a buscar su mano.

Subimos por la escalera mecánica hacia la calle. Molinetes, conejos, sombreros y camperas no le bastaban.
Vio una baranda que delimitaba la boca del subte.
"Mirá, pa" y se agarró de ella fuerte con las manitos, cargando a su cuerpo de peso y balanceándose.

Rió.
Loquita. Dos colitas.
Pidiendo que "pa" la mire una vez más, mientras yo dejaba de verla para poder sonreirla pensándola.

domingo, 13 de abril de 2014

Y el zorro dijo: "no se ve bien sino con el corazón"

Tres de abril del dos mil catorce. Siete y veinte de la mañana. Vagón del subte A hacia Plaza de Mayo.
Pareja de treinta.

No me había percatado de que siempre estuvieron ahí.
No los escuchaba. No hacían ruido.
Hablaban, sí. Pero con los ojos.

Ella. Ojos saltones. Grandes. Delineados.
Él. Barba. Alto. De espaldas.

Ella lo miraba. Ojazos.

No hacían caras. Sólo se miraban. Y eso era más que suficiente.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos.
Conexión.

Parecían no necesitar ningún otro medio.
No tenían ninguna expresión en la cara. Expresaban demasiado.
No reían. No decían palabras. Los labios se movían únicamente para encontrar a los otros.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos. Labios.

Dos. Uno.
Sí, eran uno.

Y se los veía tan cómodos. Sin miedo. Sin preocupaciones.
Sin mundo y con un mundo entero en la mirada.
Sin gente. Ellos. Uno.

Besito. Beso. Cuello. Ojos. Labios.
Comodidad. Confianza. Amor.
Uno. Un amor. El amor. Su amor. EL amor.
El único. Los únicos.

Cisnes

Treinta y uno de marzo del dos mil catorce. Pasado el mediodía. Librería KEL de Avenida La Plata. 

Entré con el simple objetivo de comprar un libro para el colegio.
No quería.
Entrar. Pedir. Pagar. Irme. Subte. Casa. Comida. Siesta.
Rutina.
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más. 

No esperaba.
La rutina te automatiza y te hace moverte al ritmo del reloj.

Después de unos cuantos minutos en la cola, escuché.

Ni fan, ni experta. 
"El lago de los cisnes" de Tchaikovsky .
La misma melodía del disco que mi viejo ponía cuando yo era más chica.

Gente apurada. Discutiendo por teléfono.
"¡No me dijiste qué tomo necesitabas!"
"Anotaste el nombre en castellano"

En la cola que me llevaba al "pagar" de la rutina, las vi.

Adolescente y pequeña. Hermanas. Sentadas en un pequeño sillón.

Adolescente le hacía upa a la pequeña. Le traducía el cuento.
La pequeña estaba perdida en Tchaikovsky.
Yo también.

No era una orquesta ejecutando la melodía.
Tampoco la película de Barbie.
Era un libro. Venía con música, letras, palabras. Recuerdos. Venían, iban, volvían.

Y ahí estaba yo hace unos cuantos años, en la cama, con el disco en las manos. Con los oídos entre cisnes.

Y ahí estaba la pequeña, en la librería, con el libro en sus manitas. Con los oídos entre cisnes. 

A la rutina tuve que agregarle (con mucho cariño) "escuchar" y "recordar".

No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
Pero las vi a las dos.
Y "sonreir", por suerte, por magia, también se metió en cada sílaba de la rutina. En cada vuelta de la aguja. 

jueves, 6 de marzo de 2014

She may be the face I can´t forget

Cinco de marzo del dos mil catorce. Pasillos combinación subte D para ir al A. Dieciséis horas.
Violinista de cuarenta. Mujer de setenta.

Venía escuchando un violín hacía varios pasos.
Paré para agarrar el monedero. Realmente ni miré al muchacho.
Me acerqué para darle algunas monedas. Me había impactado lo bien que tocaba.

Él dejó de tocar. "¡Gracias!". Sonrió. Tenía un acento particular.
Realmente no había notado a la mujer.

Seguí caminando. Observé la escena girando sobre mi hombro.

"¡Precioso! ¿Y podrías tocar un poquito de She?", dijo la señora, quien estaba parada frente a él, como en trance. 
Logré apreciar su camisa roja. Su saquito rojo. Su bolsito. Su carita iluminada, impactada con el sonido del violín. 
Tenía sus manos entrelazadas, como pidiéndole por favor al hombre que continúe. 

Y el violinista. 
Quizás orgulloso por lo que generaba su música.
Hizo sonar el violín. Hizo sonar "She". Para ella.

Y ella sonreía. Mucho. Agradecía. Disfrutaba.
Ella puede ser la canción que canta el verano. She.

Seguí caminando.
Y seguí escuchando el violín varios pasos más.
Y seguí recordando la escena muchos más.

Y sonreí pensándolos. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Envuelto en besos. Besos envueltos

Seis de febrero del dos mil catorce. Una de la mañana. Terminal de omnibus de La Lucila del Mar.
Niño de cinco (fuera del omnibus). Madre de cuarenta (en el omnibus).

Haría poco más de media hora que esperaban al omnibus que llevaría a la madre a Retiro.
Padre, niño, hermana. 

La madre se instaló en su asiento semi-cama. Miró por la ventana. Sonrió.
Les sonrió. Le sonrió.

El niño se instaló frente a la ventanilla de su madre. Miró a través de ella. Sonrió. Le sonrió.
Juntó ambas manos y les dio un beso a las palmas. Empezó a dar vueltas con sus brazos, como jugando al Don Pirulero. Lanzó el beso.

"¿Qué hacés con las manos? ¿Pescás un beso?" preguntó el padre.
"¡No lo estoy pescando, pa! Se lo estoy envolviendo a ma. Agarro el beso, lo envuelvo y se lo mando" respondió sonriendo el niño.

Repitió el proceso en repetidas ocasiones. 
En repetidas ocasiones la madre agarró los besos. Los devolvió.
El niño los recibió. Los envolvió.

Claro que no era la única familia que había en la terminal.
Claro que había otras madres. Otros niños. Otros omnibus.

Pero no había una mirada tan envuelta en sonrisas. No había besos con mejores moños.

miércoles, 15 de enero de 2014

Juntos mirar(nos) juntos

Trece de enero del dos mil catorce. Cinco de la tarde. Segundo vagón del subte D.
Pareja de treinta.

Ella. Muchos rulos rojos. Pollera larga, remera roja con los hombros caidos. Se ve el ombligo. Descubierta la cadera.
Él. Morocho, bermuda. Fresco. Quizás un poco de barba.

Sencillos. Únicos.

Los encontré sentados juntos. Abrazados. 
No se miraban, no. Miraban juntos hacia adelante, quizás por la ventana del subte.
(Una vez un pajarito, un aviador, un pequeño principe escritor, me contó que "amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección")

Ella está acomodada en el cuello de Él, como si fuese un rompecabezas. 
Engancha perfecto. Se unen. 

Cada tanto giran y se dan un beso. Pasión, sonrisas, ojitos.
Engancha perfecto. Se unen.

Los tres bajamos y hacemos la combinación con el E. 
Como siempre, camino despacio para que ellos tomen ventaja, así sigo viendo, así sigo escribiendo.

Ahí, frente al mural de Mafalda, una mujer tocando el acordeón.
(Y, sí, sonrío porque parece una película. Ya viene con banda sonora y todo.)

Ellos se ven. Sonrien. 
Él la agarra de la cintura, descubierta. Él descubre la cintura de Ella, descubierta.
Ella se engancha en su cuello.

Besos, miradas, sonrisas.
Engancha perfecto. Se unen.

¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el mío?