miércoles, 19 de febrero de 2014

Envuelto en besos. Besos envueltos

Seis de febrero del dos mil catorce. Una de la mañana. Terminal de omnibus de La Lucila del Mar.
Niño de cinco (fuera del omnibus). Madre de cuarenta (en el omnibus).

Haría poco más de media hora que esperaban al omnibus que llevaría a la madre a Retiro.
Padre, niño, hermana. 

La madre se instaló en su asiento semi-cama. Miró por la ventana. Sonrió.
Les sonrió. Le sonrió.

El niño se instaló frente a la ventanilla de su madre. Miró a través de ella. Sonrió. Le sonrió.
Juntó ambas manos y les dio un beso a las palmas. Empezó a dar vueltas con sus brazos, como jugando al Don Pirulero. Lanzó el beso.

"¿Qué hacés con las manos? ¿Pescás un beso?" preguntó el padre.
"¡No lo estoy pescando, pa! Se lo estoy envolviendo a ma. Agarro el beso, lo envuelvo y se lo mando" respondió sonriendo el niño.

Repitió el proceso en repetidas ocasiones. 
En repetidas ocasiones la madre agarró los besos. Los devolvió.
El niño los recibió. Los envolvió.

Claro que no era la única familia que había en la terminal.
Claro que había otras madres. Otros niños. Otros omnibus.

Pero no había una mirada tan envuelta en sonrisas. No había besos con mejores moños.

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