Seis de noviembre
del dos mil catorce. Dieciocho horas y diecisiete minutos. Puente Caballito
llegando a Avellaneda.
Nene.
En el estrecho
(muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del
Puente Caballito, crecen panaderos.
Panadero. Diente
de león. Achicoria. Amargón. Chinita de campo. Taraxacum officinale, a veces.
Considerada por algunos como una “mala hierba”.
Sin etiquetas.
Sin creencias. Sin prejuicios. Sin conocimientos.
El nene lo vio a
unos metros. Corrió. Mientras corría se le iba pintando una sonrisa.
Lo arrancó del
estrecho (muy estrecho) camino de pasto.
Era suyo. Era su
panadero. Su flor. Sus sueños. Su asombro. Su admiración.
Era la belleza.
Era el viento. Eran todos los sueños de todas las personas que alguna vez
habían visto uno.
Y no dejó de
mirarlo. Ni de agarrarlo. Lo deseó. Le deseó. Lo admiró.
En el estrecho
(muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del
Puente Caballito, crecen panaderos. Y crecen los sueños y la sonrisa de aquel
nene.
Crecen todos los
sueños de todas las personas que alguna vez vieron un panadero.
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