domingo, 28 de diciembre de 2014

Aureola de plata (diente de león)

Seis de noviembre del dos mil catorce. Dieciocho horas y diecisiete minutos. Puente Caballito llegando a Avellaneda.
Nene.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos.
Panadero. Diente de león. Achicoria. Amargón. Chinita de campo. Taraxacum officinale, a veces. Considerada por algunos como una “mala hierba”.

Sin etiquetas. Sin creencias. Sin prejuicios. Sin conocimientos.
El nene lo vio a unos metros. Corrió. Mientras corría se le iba pintando una sonrisa.
Lo arrancó del estrecho (muy estrecho) camino de pasto.
Era suyo. Era su panadero. Su flor. Sus sueños. Su asombro. Su admiración.
Era la belleza. Era el viento. Eran todos los sueños de todas las personas que alguna vez habían visto uno.
Y no dejó de mirarlo. Ni de agarrarlo. Lo deseó. Le deseó. Lo admiró.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos. Y crecen los sueños y la sonrisa de aquel nene.

Crecen todos los sueños de todas las personas que alguna vez vieron un panadero.

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