Treinta de octubre del dos mil trece. Pasado el mediodía. Puesto de diarios sobre Cerrito.
Hombre de cuarenta, nene de cinco
Realmente los puestos de diarios, así, en general, no me atraen.
No me detengo a observarlos, no me llaman la atención.
Es la persona que va, de manera automática, a comprar el diario, a reclamar, a generar una disputa con otro vecino por el diario compra, a quejarse porque el servicio meteorológico le pifió de nuevo al tiempo.
Pero siempre tuve la intriga de cómo sería estar del otro lado, del lado de adentro.
Caminaba. Giré un poco la cabeza hacia la izquierda y los encontré.
El nene parecía estar haciendo alguna tarea en su cuaderno. Libros y lapices desplegados a su alrededor.
El que supongo que era el padre, ayudándolo. Explicándole.
Ambos sumergidos en las letras del cuaderno, en los garabatos que salían del lapiz del nene.
("Tal vez una plapla" diría María Elena)
Sí, quizás no era nada del otro mundo, pero era, al fin y al cabo, mucha luz.
Y salía, ni más ni menos, que del lado de adentro del puesto de diarios.
Reían.
Se miraban. Hablaban.
Sólo estaban ellos dos. Solamente sus risas, sus miradas, sus enseñanzas mutuas, sus aprendizajes. Sus garabatos.
Nada de terceros, nada de métodos de otro mundo con consejos para que tu hijo tenga ese éxito académico que vos querés que tenga.
Ellos dos. Adentro del puesto. Adentro de las letras. Adentro de ellos.
Y no había reclamos, ni disputas, ni quejas porque el servicio meteorológico le pifió de nuevo al tiempo.
viernes, 8 de noviembre de 2013
sábado, 2 de noviembre de 2013
En la complicidad silenciosa, la sonrisa eterna
Veintinueve de octubre del dos mil trece. Veinte horas. En un 132 a Flores.
Nena de dos años.
Remerita de manga larga gris con dibujos de flores rosas. Enterito largo de corderoy rosa. Zapatitos con abrojo, con dibujos de flores rosas. Pelo corto negro. Algunos rulos en las puntas. Dos hebillitas rosas.
Tenía ojos negros, profundos, de esos en los que no encuentro el límite de la pupila porque se mezcla con el iris.
Siempre me gustaron esos nenes que tienen los ojos bien abiertos. Esos que observan todo.
Esos a los que todo les sorprende y a quienes todo les genera curiosidad.
Ella no era la excepción.
Miraba por la ventana. Amagaba "papá", "mamá", y algún que otro "¿dónde?".
Sonreía. Reía. Jugaba. Curiosa.
Hombre de setentilargos.
Ropa oscura. Pelo cano, despeinado. Bigote cano, despeinado.
Cara larga, delgada, un poco arrugada.
Cansado. Simpático. Sentado en el asiento de atrás del de la nena y sus padres.
Cuando la nena se apoyaba sobre el hombro de su madre, el hombre le sonreía. La veía. Le guiñaba un ojo.
Reía. Hacía caras. Jugaba moviendo sus ojos, moviendo su bigote, sus cejas.
Susurrándole "ajó, aaaajó", buscando que lo imite.
Reía.
Y ella también.
Nena de dos años, hombre de setentilargos, y yo.
Nunca logré evitar sacarle la lengua a los nenes.
Nunca logré mantenerme ajena a situaciones tan simpáticas.
Ésta no era la excepción.
La nena me vió. Le sonreí. Le saqué la lengua. Me imitó.
Reimos.
Hinché los cachetes, soplé, moví las cejas, saqué la lengua, la doblé. Me imitaba.
Yo tenía la mochila del colegio abrazada de mis hombros, delante mío. En el bolsillo de adelante, un pin colorido. "Love. Hope. Peace."
La nena lo observó, curiosa. Se puso seria.
Me miró. La miré.
Extendió sus brazos, amagando un abrazo. Sonreí. Sonrió (con los brazos extendidos).
Y en unos pocos minutos, sus ojitos brillaban, el hombre observaba curioso (sonriendo), y yo no era ajena a esa situación.
Cansados o no, avejentados o no, los tres jugamos curiosos, intercambiando sonrisas y miradas.
Siempre me pareció mágico encontrarme con unos bracitos extendidos, un bigote juguetón, y tantas sonrisas, tantas miradas.
Y ésta no era la excepción
Nena de dos años.
Remerita de manga larga gris con dibujos de flores rosas. Enterito largo de corderoy rosa. Zapatitos con abrojo, con dibujos de flores rosas. Pelo corto negro. Algunos rulos en las puntas. Dos hebillitas rosas.
Tenía ojos negros, profundos, de esos en los que no encuentro el límite de la pupila porque se mezcla con el iris.
Siempre me gustaron esos nenes que tienen los ojos bien abiertos. Esos que observan todo.
Esos a los que todo les sorprende y a quienes todo les genera curiosidad.
Ella no era la excepción.
Miraba por la ventana. Amagaba "papá", "mamá", y algún que otro "¿dónde?".
Sonreía. Reía. Jugaba. Curiosa.
Hombre de setentilargos.
Ropa oscura. Pelo cano, despeinado. Bigote cano, despeinado.
Cara larga, delgada, un poco arrugada.
Cansado. Simpático. Sentado en el asiento de atrás del de la nena y sus padres.
Cuando la nena se apoyaba sobre el hombro de su madre, el hombre le sonreía. La veía. Le guiñaba un ojo.
Reía. Hacía caras. Jugaba moviendo sus ojos, moviendo su bigote, sus cejas.
Susurrándole "ajó, aaaajó", buscando que lo imite.
Reía.
Y ella también.
Nena de dos años, hombre de setentilargos, y yo.
Nunca logré evitar sacarle la lengua a los nenes.
Nunca logré mantenerme ajena a situaciones tan simpáticas.
Ésta no era la excepción.
La nena me vió. Le sonreí. Le saqué la lengua. Me imitó.
Reimos.
Hinché los cachetes, soplé, moví las cejas, saqué la lengua, la doblé. Me imitaba.
Yo tenía la mochila del colegio abrazada de mis hombros, delante mío. En el bolsillo de adelante, un pin colorido. "Love. Hope. Peace."
La nena lo observó, curiosa. Se puso seria.
Me miró. La miré.
Extendió sus brazos, amagando un abrazo. Sonreí. Sonrió (con los brazos extendidos).
Y en unos pocos minutos, sus ojitos brillaban, el hombre observaba curioso (sonriendo), y yo no era ajena a esa situación.
Cansados o no, avejentados o no, los tres jugamos curiosos, intercambiando sonrisas y miradas.
Siempre me pareció mágico encontrarme con unos bracitos extendidos, un bigote juguetón, y tantas sonrisas, tantas miradas.
Y ésta no era la excepción
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