Tres de abril del dos mil catorce. Siete y veinte de la mañana. Vagón del subte A hacia Plaza de Mayo.
Pareja de treinta.
No me había percatado de que siempre estuvieron ahí.
No los escuchaba. No hacían ruido.
Hablaban, sí. Pero con los ojos.
Ella. Ojos saltones. Grandes. Delineados.
Él. Barba. Alto. De espaldas.
Ella lo miraba. Ojazos.
No hacían caras. Sólo se miraban. Y eso era más que suficiente.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos.
Conexión.
Parecían no necesitar ningún otro medio.
No tenían ninguna expresión en la cara. Expresaban demasiado.
No reían. No decían palabras. Los labios se movían únicamente para encontrar a los otros.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos. Labios.
Dos. Uno.
Sí, eran uno.
Y se los veía tan cómodos. Sin miedo. Sin preocupaciones.
Sin mundo y con un mundo entero en la mirada.
Sin gente. Ellos. Uno.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Labios.
Comodidad. Confianza. Amor.
Uno. Un amor. El amor. Su amor. EL amor.
El único. Los únicos.
domingo, 13 de abril de 2014
Cisnes
Treinta y uno de marzo del dos mil catorce. Pasado el mediodía. Librería KEL de Avenida La Plata.
Entré con el simple objetivo de comprar un libro para el colegio.
No quería.
Entrar. Pedir. Pagar. Irme. Subte. Casa. Comida. Siesta.
Rutina.
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
No esperaba.
La rutina te automatiza y te hace moverte al ritmo del reloj.
Después de unos cuantos minutos en la cola, escuché.
Ni fan, ni experta.
"El lago de los cisnes" de Tchaikovsky .
La misma melodía del disco que mi viejo ponía cuando yo era más chica.
Gente apurada. Discutiendo por teléfono.
"¡No me dijiste qué tomo necesitabas!"
"Anotaste el nombre en castellano"
En la cola que me llevaba al "pagar" de la rutina, las vi.
Adolescente y pequeña. Hermanas. Sentadas en un pequeño sillón.
Adolescente le hacía upa a la pequeña. Le traducía el cuento.
La pequeña estaba perdida en Tchaikovsky.
Yo también.
No era una orquesta ejecutando la melodía.
Tampoco la película de Barbie.
Era un libro. Venía con música, letras, palabras. Recuerdos. Venían, iban, volvían.
Y ahí estaba yo hace unos cuantos años, en la cama, con el disco en las manos. Con los oídos entre cisnes.
Y ahí estaba la pequeña, en la librería, con el libro en sus manitas. Con los oídos entre cisnes.
A la rutina tuve que agregarle (con mucho cariño) "escuchar" y "recordar".
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
Pero las vi a las dos.
Y "sonreir", por suerte, por magia, también se metió en cada sílaba de la rutina. En cada vuelta de la aguja.
Entré con el simple objetivo de comprar un libro para el colegio.
No quería.
Entrar. Pedir. Pagar. Irme. Subte. Casa. Comida. Siesta.
Rutina.
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
No esperaba.
La rutina te automatiza y te hace moverte al ritmo del reloj.
Después de unos cuantos minutos en la cola, escuché.
Ni fan, ni experta.
"El lago de los cisnes" de Tchaikovsky .
La misma melodía del disco que mi viejo ponía cuando yo era más chica.
Gente apurada. Discutiendo por teléfono.
"¡No me dijiste qué tomo necesitabas!"
"Anotaste el nombre en castellano"
En la cola que me llevaba al "pagar" de la rutina, las vi.
Adolescente y pequeña. Hermanas. Sentadas en un pequeño sillón.
Adolescente le hacía upa a la pequeña. Le traducía el cuento.
La pequeña estaba perdida en Tchaikovsky.
Yo también.
No era una orquesta ejecutando la melodía.
Tampoco la película de Barbie.
Era un libro. Venía con música, letras, palabras. Recuerdos. Venían, iban, volvían.
Y ahí estaba yo hace unos cuantos años, en la cama, con el disco en las manos. Con los oídos entre cisnes.
Y ahí estaba la pequeña, en la librería, con el libro en sus manitas. Con los oídos entre cisnes.
A la rutina tuve que agregarle (con mucho cariño) "escuchar" y "recordar".
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
Pero las vi a las dos.
Y "sonreir", por suerte, por magia, también se metió en cada sílaba de la rutina. En cada vuelta de la aguja.
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