Tres de abril del dos mil catorce. Siete y veinte de la mañana. Vagón del subte A hacia Plaza de Mayo.
Pareja de treinta.
No me había percatado de que siempre estuvieron ahí.
No los escuchaba. No hacían ruido.
Hablaban, sí. Pero con los ojos.
Ella. Ojos saltones. Grandes. Delineados.
Él. Barba. Alto. De espaldas.
Ella lo miraba. Ojazos.
No hacían caras. Sólo se miraban. Y eso era más que suficiente.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos.
Conexión.
Parecían no necesitar ningún otro medio.
No tenían ninguna expresión en la cara. Expresaban demasiado.
No reían. No decían palabras. Los labios se movían únicamente para encontrar a los otros.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Más ojos. Labios.
Dos. Uno.
Sí, eran uno.
Y se los veía tan cómodos. Sin miedo. Sin preocupaciones.
Sin mundo y con un mundo entero en la mirada.
Sin gente. Ellos. Uno.
Besito. Beso. Cuello. Ojos. Labios.
Comodidad. Confianza. Amor.
Uno. Un amor. El amor. Su amor. EL amor.
El único. Los únicos.
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