Treinta y uno de marzo del dos mil catorce. Pasado el mediodía. Librería KEL de Avenida La Plata.
Entré con el simple objetivo de comprar un libro para el colegio.
No quería.
Entrar. Pedir. Pagar. Irme. Subte. Casa. Comida. Siesta.
Rutina.
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
No esperaba.
La rutina te automatiza y te hace moverte al ritmo del reloj.
Después de unos cuantos minutos en la cola, escuché.
Ni fan, ni experta.
"El lago de los cisnes" de Tchaikovsky .
La misma melodía del disco que mi viejo ponía cuando yo era más chica.
Gente apurada. Discutiendo por teléfono.
"¡No me dijiste qué tomo necesitabas!"
"Anotaste el nombre en castellano"
En la cola que me llevaba al "pagar" de la rutina, las vi.
Adolescente y pequeña. Hermanas. Sentadas en un pequeño sillón.
Adolescente le hacía upa a la pequeña. Le traducía el cuento.
La pequeña estaba perdida en Tchaikovsky.
Yo también.
No era una orquesta ejecutando la melodía.
Tampoco la película de Barbie.
Era un libro. Venía con música, letras, palabras. Recuerdos. Venían, iban, volvían.
Y ahí estaba yo hace unos cuantos años, en la cama, con el disco en las manos. Con los oídos entre cisnes.
Y ahí estaba la pequeña, en la librería, con el libro en sus manitas. Con los oídos entre cisnes.
A la rutina tuve que agregarle (con mucho cariño) "escuchar" y "recordar".
No esperaba mucho más. No esperaba un poco más.
Pero las vi a las dos.
Y "sonreir", por suerte, por magia, también se metió en cada sílaba de la rutina. En cada vuelta de la aguja.
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