Dieciocho de
diciembre del dos mil catorce. Dieciséis horas y cinco minutos. Sobre Dorrego a
media cuadra de Cabildo.
Hombre de
cuarentilargos. Cuatro nenas de diez.
El hombre, el
señor, y una cámara. Las cuatro jóvenes alegres. Riendo. Observando. Rodeando.
El lente apuntó a
algún, a alguien, a algo, cruzando Dorrego. Por allá sobre la estación de
servicio.
Click.
La mirada de los
cinco apuntó al visor de la cámara. Asombro. Admiración. Sonrisas.
El lente apuntó
directo a un hombre llevándose un sanguche a la boca. Apuntó a aquel hombre a
no más de treinta metros.
Click.
Risas sin
siquiera haber visto el visor.
¿Será? Poseedor
del instrumento mágico que capta momentos. Captador de situaciones. Esta vez,
cotidianas. ¿Será? Un compañero de pasión.
Y de esa manera,
con varios clicks, dos ojos con buena puntería, admiración de la cotidianeidad,
abrazado a la fotografía para conseguir la admiración, el asombro y la alegría
de cuatro pequeñas dueñas de su tiempo, asombradas de la cotidianeidad.
Como nosotros
hoy.
Acá, y
cotidianamente.
Mágicamente.
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