Diecisiete de
noviembre del dos mil catorce. Trece horas y doce minutos. Vagón subte línea A.
Nene.
Remera Adventure
time. Bermudas.
Muchas. Muchas
pajitas en la mano.
Unos segundos,
mucha imaginación y varias sonrisas bastaron para que insertara cada pajita en
los huecos entre los dedos.
Ocho garras
retráctiles eran ahora suyas. Ocho tubitos de plástico eran ahora su nuevo
super-poder.
“Ma, soy
Wolverine” dijo sonriendo.
Realmente estaba
contento. Era ahora un superhéroe. Chiquito, moderno, y con ocho garras
poderosas.
Orgulloso.
Ingenioso.
Si puede ser
magia, que lo sea.
Con unos pocos
segundos, ocho tubitos de plástico y la imaginación de un chiquito (que recorre
más de lo que su pequeño cuerpo logra contener) se convirtió en un gran
superhéroe.
Y eso mismo fue,
es y será el super-poder de los infantes (y de algunos no tan infantes): la
imaginación.
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