Tres de junio del dos mil catorce. Dos y cinco de la tarde. Estación Perú de la línea A, hacia Plaza de Mayo.
Mujer de veintitreinti.
Aquel día decidí tomarme el subte sentada.
Cansada. Dormida. Nerviosa.
Y si no decidía tomarlo sentada aquel día, no la iba a ver.
Habiendo levantado justo la vista del reloj, la vi.
Tapado rojo. Rulos. Boina.
Coqueta. Alta.
Fotografías antiguas de cuando el subte recién conocía Buenos Aires.
Blanco y negro. Sombreros. Vestidos. Igualmente apurados. Siglo pasado.
Y si bien todos advertimos las imágenes en la estación, nunca había visto a alguien que se detuviera a observarlas. A descubrirlas. Y descubrirnos.
Pero ella caminaba despacio. Apenas caminaba.
Y no miraba las fotos de reojo, "al pasar", de costado. Tampoco estaba apurada.
Se quedaba parada mirando. Descubriendo.
Sí, sonriendo también.
Desapareció lentamente en el pasillo de combinación con la D.
Pocos son los que se detienen a ver las fotos.
Pocos son los que caminan despacio, casi sin caminar.
Pocos son los que se detienen, y sonríen.
Pocos son como ella. Y ella ya es un montón.
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