Trece de enero del dos mil catorce. Cinco de la tarde. Segundo vagón del subte D.
Pareja de treinta.
Ella. Muchos rulos rojos. Pollera larga, remera roja con los hombros caidos. Se ve el ombligo. Descubierta la cadera.
Él. Morocho, bermuda. Fresco. Quizás un poco de barba.
Sencillos. Únicos.
Los encontré sentados juntos. Abrazados.
No se miraban, no. Miraban juntos hacia adelante, quizás por la ventana del subte.
(Una vez un pajarito, un aviador, un pequeño principe escritor, me contó que "amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección")
Ella está acomodada en el cuello de Él, como si fuese un rompecabezas.
Engancha perfecto. Se unen.
Cada tanto giran y se dan un beso. Pasión, sonrisas, ojitos.
Engancha perfecto. Se unen.
Los tres bajamos y hacemos la combinación con el E.
Como siempre, camino despacio para que ellos tomen ventaja, así sigo viendo, así sigo escribiendo.
Ahí, frente al mural de Mafalda, una mujer tocando el acordeón.
(Y, sí, sonrío porque parece una película. Ya viene con banda sonora y todo.)
Ellos se ven. Sonrien.
Él la agarra de la cintura, descubierta. Él descubre la cintura de Ella, descubierta.
Ella se engancha en su cuello.
Besos, miradas, sonrisas.
Engancha perfecto. Se unen.
¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el mío?