Seis de marzo del dos mil quince. Dieciseis horas y treinta minutos. Cruce Las Heras y Austria.
Nene de seis.
Caminando por Las Heras.
El otro lado de la ciudad.
Caminando hacia el Museo Nacional de Arte Decorativo.
Mentalizada para no perderme. Mentalizada en el horario.
Mentalizada en el impacto que iban a generarme las fotografías de Stephanie Sinclair.
Y esperando el semáforo a mi favor escuché una vocecita.
Vocecita que le decía a otra vocecita:
"Imaginate tener cuatro obras de Da Vinci, cuatro de Picasso y cuatro de Van Gogh"
Para mi sorpresa, agregó un "¡Te hacés un museazo!".
Quizás esperaba poco de esta caminata.
Quizás esperaba menos de esta vocecita.
Quizás esperaba una tarde de fotoperiodismo, y no de pequeños artistas.
Quizás esperaba que la caminata fuese el medio para llegar al museo.
Quizás sólo éso.
Pero quizás llegué al museo antes.
Quizás conocí un museazo en una esquina,
por casualidad,
y en manos de una vocecita.
Caminando por Las Heras.
El otro lado de la ciudad.
Caminando hacia el Museo Nacional de Arte Decorativo.
Mentalizada para no perderme. Mentalizada en el horario.
Mentalizada en el impacto que iban a generarme las fotografías de Stephanie Sinclair.
Y esperando el semáforo a mi favor escuché una vocecita.
Vocecita que le decía a otra vocecita:
"Imaginate tener cuatro obras de Da Vinci, cuatro de Picasso y cuatro de Van Gogh"
Para mi sorpresa, agregó un "¡Te hacés un museazo!".
Quizás esperaba poco de esta caminata.
Quizás esperaba menos de esta vocecita.
Quizás esperaba una tarde de fotoperiodismo, y no de pequeños artistas.
Quizás esperaba que la caminata fuese el medio para llegar al museo.
Quizás sólo éso.
Pero quizás llegué al museo antes.
Quizás conocí un museazo en una esquina,
por casualidad,
y en manos de una vocecita.