lunes, 22 de junio de 2015

vociferarte

Seis de marzo del dos mil quince. Dieciseis horas y treinta minutos. Cruce Las Heras y Austria.
Nene de seis.

Caminando por Las Heras. 
El otro lado de la ciudad.
Caminando hacia el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Mentalizada para no perderme. Mentalizada en el horario.
Mentalizada en el impacto que iban a generarme las fotografías de Stephanie Sinclair.

Y esperando el semáforo a mi favor escuché una vocecita.
Vocecita que le decía a otra vocecita:
"Imaginate tener cuatro obras de Da Vinci, cuatro de Picasso y cuatro de Van Gogh"
Para mi sorpresa, agregó un "¡Te hacés un museazo!".

Quizás esperaba poco de esta caminata.
Quizás esperaba menos de esta vocecita.
Quizás esperaba una tarde de fotoperiodismo, y no de pequeños artistas.
Quizás esperaba que la caminata fuese el medio para llegar al museo.
Quizás sólo éso.

Pero quizás llegué al museo antes.
Quizás conocí un museazo en una esquina,
por casualidad,
y en manos de una vocecita.

perlas en picada

Ocho de febrero del dos mil quince. Dieciocho horas. Cascada de los duendes, Bariloche.

Primera vez en el sur.
Primera caminata. Primera picada a metros del Lago Gutierrez.

Un poco de frío. Un montón de entusiasmo. El cielo cerrándose.
Carteles que señalan a dónde ir. Cómo ir.
Cómo cuidarte. Cómo cuidar los centenares de coihues que nos rodeaban.
Y empezaban los que te hacían desviarte del camino.
Ya no íbamos hacia el Refugio Frey. Ya no íbamos a Playa Muñoz.
El objetivo (menos ambicioso) era la Cascada de los duendes.



Familias nos tomaron ventaja.
Nena de siete lo hizo.

Curiosa, mirando los carteles, atenta.
"Pa, ¿en la cascada hay duendes?"

Algunas risas (también de mi parte) le respondieron.

Quién dice. Los carteles no lo anunciaban.
Sólo los coihues que nos observaban podrían responderle.
                                                 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Bonhomme Noël

Veintidós de diciembre del dos mil catorce. Diecisiete horas y ocho minutos. Entrada edificio Rivadavia al 6000.
Nene de seis.

Lo trajo un señor. Lo dejó en manos de una muchacha.
A ella le dijo: “¡Papá Noel llamó a casa!”.
A ella se lo exclamó. Ella sonrió, cómplice, entusiasmada,
El niño tenía pintada una sonrisa indeleble en la carita.
Casi las fiestas.

“¿En serio? ¿Y qué te dijo?” preguntaba ella.
El niño seguía sonriendo. Daba vueltitas con las manos, inquieto, alegre.
Muchas vueltitas, muy inquieto, muy alegre.

Y siguieron su curso. No presencié la escena más de diez segundos y sin embargo parecía que todo aquello había durado muchas navidades. Todas las que ahora no nos entusiasman tanto.
Y seguí mi curso, sin lograr enterarme qué es lo que Papá Noel le dijo al nene.
Sin lograr conocer el secreto. Sin lograr pintarme la sonrisa inocente, inquieta, alegre.

¿Espíritu navideño? Fueron diez segundos, pero la alegría de esa llamada le durará para construir más que un arbolito.

Captador de la magia cotidiana

Dieciocho de diciembre del dos mil catorce. Dieciséis horas y cinco minutos. Sobre Dorrego a media cuadra de Cabildo.
Hombre de cuarentilargos. Cuatro nenas de diez.

El hombre, el señor, y una cámara. Las cuatro jóvenes alegres. Riendo. Observando. Rodeando.
El lente apuntó a algún, a alguien, a algo, cruzando Dorrego. Por allá sobre la estación de servicio.
Click.
La mirada de los cinco apuntó al visor de la cámara. Asombro. Admiración. Sonrisas.

El lente apuntó directo a un hombre llevándose un sanguche a la boca. Apuntó a aquel hombre a no más de treinta metros.
Click.
Risas sin siquiera haber visto el visor.

¿Será? Poseedor del instrumento mágico que capta momentos. Captador de situaciones. Esta vez, cotidianas. ¿Será? Un compañero de pasión.
Y de esa manera, con varios clicks, dos ojos con buena puntería, admiración de la cotidianeidad, abrazado a la fotografía para conseguir la admiración, el asombro y la alegría de cuatro pequeñas dueñas de su tiempo, asombradas de la cotidianeidad.
Como nosotros hoy.
Acá, y cotidianamente.

Mágicamente. 

Celui qui a de l'imagination, a des ailes

Diecisiete de noviembre del dos mil catorce. Trece horas y doce minutos. Vagón subte línea A.
Nene.
Remera Adventure time. Bermudas.
Muchas. Muchas pajitas en la mano.

Unos segundos, mucha imaginación y varias sonrisas bastaron para que insertara cada pajita en los huecos entre los dedos.
Ocho garras retráctiles eran ahora suyas. Ocho tubitos de plástico eran ahora su nuevo super-poder.
“Ma, soy Wolverine” dijo sonriendo.

Realmente estaba contento. Era ahora un superhéroe. Chiquito, moderno, y con ocho garras poderosas.
Orgulloso. Ingenioso.

Si puede ser magia, que lo sea.
Con unos pocos segundos, ocho tubitos de plástico y la imaginación de un chiquito (que recorre más de lo que su pequeño cuerpo logra contener) se convirtió en un gran superhéroe.

Y eso mismo fue, es y será el super-poder de los infantes (y de algunos no tan infantes): la imaginación.

Aureola de plata (diente de león)

Seis de noviembre del dos mil catorce. Dieciocho horas y diecisiete minutos. Puente Caballito llegando a Avellaneda.
Nene.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos.
Panadero. Diente de león. Achicoria. Amargón. Chinita de campo. Taraxacum officinale, a veces. Considerada por algunos como una “mala hierba”.

Sin etiquetas. Sin creencias. Sin prejuicios. Sin conocimientos.
El nene lo vio a unos metros. Corrió. Mientras corría se le iba pintando una sonrisa.
Lo arrancó del estrecho (muy estrecho) camino de pasto.
Era suyo. Era su panadero. Su flor. Sus sueños. Su asombro. Su admiración.
Era la belleza. Era el viento. Eran todos los sueños de todas las personas que alguna vez habían visto uno.
Y no dejó de mirarlo. Ni de agarrarlo. Lo deseó. Le deseó. Lo admiró.

En el estrecho (muy estrecho) camino de pasto entre los autos y el camino de los peatones del Puente Caballito, crecen panaderos. Y crecen los sueños y la sonrisa de aquel nene.

Crecen todos los sueños de todas las personas que alguna vez vieron un panadero.

viernes, 1 de agosto de 2014

Ça c’est, pour moi, le plus beau et le plus triste paysage du monde

Tres de julio del dos mil catorce. Casi 16hs.

Apurada porque llegaba tarde, no le presté mucha atención en las primeras canciones que interpretó (allá por la línea A). Por respeto me había sacado los auriculares.
Estaciones antes de mi bajada, comenzó a tocar y cantar "Yesterday". Llamó mi atención. Sonreí. Me gustaba y me gusta tanto.
A pasos de llegar a estación Perú, se cruzó con otro juglar. Entre murmullos se decidieron. Sorprendieron al vagón cantando juntos "El fantasma de Canterville".

Abandonando el vagón, los oía, recordando que meses atrás había sido una canción realmente importante en mi vida. Y comprendiendo que seguía siéndolo.

Auriculares puestos. Combinación con la D. Ya distraída nuevamente.

"Bring it back, bring it back. Don't take it away from me because you-don't-know what it means to me".
En la escalera que me dejaba en Catedral lo escuché.
Tenía micrófono y guitarra. La gente lo escuchaba atenta. Cada persona. Cada oído. Cada corazón.
Y era tan suave.

Entre aplausos con emoción la encontré en la multitud.
Hipnotizada. Pegada al libro. Sonrisa (mía, suya).
"El Principito".
Y nuevamente me cruzaba con algo tan representativo.

Nos subimos al vagón. Me quedé a su lado. De reojo noté que estaba por la página 18. O quizás 19.
Justo ahí donde el astrónomo turco expuso el descubrimiento del asteroide B612 en un Congreso Internacional de Astronomía.
En esas páginas vivía el Principito. En esas páginas vivía la alegría. En esas páginas vivía mi infancia. "Yesterday".

Sonreí. Miré de reojo. Y de vuelta, de vuelta, y otra vez.
Sin animarme a preguntarle si era la primera vez que lo leía. Qué le parecía. Si le gustaba.
Una joven de veintitantos leyendo el Principito, ¿se considera como uno de los adultos de los que habla Saint-Exupéry?

Y me bajé allá por Ministro Carranza.
Y me llevaba conmigo la magia de tres juglares, tres canciones, un asteroide y una sonrisa (mía, suya, de todos los que lo escucharon cantar).