jueves, 6 de marzo de 2014

She may be the face I can´t forget

Cinco de marzo del dos mil catorce. Pasillos combinación subte D para ir al A. Dieciséis horas.
Violinista de cuarenta. Mujer de setenta.

Venía escuchando un violín hacía varios pasos.
Paré para agarrar el monedero. Realmente ni miré al muchacho.
Me acerqué para darle algunas monedas. Me había impactado lo bien que tocaba.

Él dejó de tocar. "¡Gracias!". Sonrió. Tenía un acento particular.
Realmente no había notado a la mujer.

Seguí caminando. Observé la escena girando sobre mi hombro.

"¡Precioso! ¿Y podrías tocar un poquito de She?", dijo la señora, quien estaba parada frente a él, como en trance. 
Logré apreciar su camisa roja. Su saquito rojo. Su bolsito. Su carita iluminada, impactada con el sonido del violín. 
Tenía sus manos entrelazadas, como pidiéndole por favor al hombre que continúe. 

Y el violinista. 
Quizás orgulloso por lo que generaba su música.
Hizo sonar el violín. Hizo sonar "She". Para ella.

Y ella sonreía. Mucho. Agradecía. Disfrutaba.
Ella puede ser la canción que canta el verano. She.

Seguí caminando.
Y seguí escuchando el violín varios pasos más.
Y seguí recordando la escena muchos más.

Y sonreí pensándolos. 

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