lunes, 7 de octubre de 2013

En carriles atascados escapando a ningún lado

Primero de octubre del dos mil trece. Mediodía. Estación Perú de la línea A.
Hombre de sententiochenta.

Él estaba en el andén de en frente al mío, sin cruzar los molinetes. Del lado del puesto antiguo de esa estación para comprar el boleto.
Quieto. Observaba los molinetes.

Igualmente, contadas personas compran el boleto en el puesto antiguo. Ahora todos tienen SUBE, claro.

Quizás él observaba los molinetes pensando lo mismo.
Pero no sólo observaba. 

La gente, apurada, en sus asuntos, saliendo disparada hacia el andén, no entendía por qué su maldita SUBE no era reconocida por el lector que acompaña al molinete. 
"Estúpida tecnología, ni para ésto funciona". 
Prueban. Suena el pitido que les rechaza la tarjeta. Prueban nuevamente, ya cansados.

El señor, observador: "Señora, ahora está el nuevo lector. Éso. Ahí, arriba, el que sobresale... Exactamente. ¿vio? No, de nada"

Misma situación con repetidas personas. Solas y parejas.
Misma situación con la estúpida tecnología, con el sistema de boleto electrónico tan "único" que ni para ésto funciona.

Una pareja llena de bolsos. Parecen mochileros. ¿En la ciudad? Tal vez.
"Muchachos, el nuevo lector es el de arriba. Exacto, ése, sí, sí. No hay de qué"
Y pareciera que el hombre está ahí, inmóvil  quieto, como otro artefacto tecnológico para ayudar a esa pobre gente apurada.

¿Por qué el apuro, muchachos? ¿Acaso la tecnología les falló de nuevo? 
Si tienen tiempo.. el subte todavía no llegó al andén. 

Pero el señor no es tecnología. Es un simple trocito de bondad. Bondad que se camufla entre tantos ensimismados, entre tantas malditas tecnologías.

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