miércoles, 9 de octubre de 2013

Amarazáia zoê, záia, záia

Ocho de octubre del dos mil trece. Esperando el subte en la estación Perú.
Muchacha de veintitreinti.

Empecé escuchando un tarareo. "La, lalala, lala..."
Empecé a buscar el tarareo.
Lo encontré en ella.

Colorida. Labios rojos.
Adelante llevaba una mochila muy cargada. 
Atrás, con las tiras abrazandole cada brazo, la funda de una guitarra criolla.
En sus manos, el celular, con auriculares que la recorrían hasta llegar a las orejas. 

Y el tarareo de "la, lalala, lala..."

Se movía. Las piernas caminaban, recorriendo el andén. Las piernas bailaban al ritmo de su tarareo, acompañándolo.
El tarareo se movía.

Cuando se quedaba en un lugar, cantaba y bailaba un poco con los ojos cerrados.
Siempre liviana, como si no llevara ni un paquete ni un peso encima.
Siempre tan "la, lalala, lala..."

Y siempre pensé que las mujeres con labios pintados de rojo eran duras. Ásperas, pesadas. Fuertes.
Pero era tan liviana. Tan suelta. Tan colorida. Tan "la, lalala, lala..."
Era luz. 
Bailaba, y yo había encontrado el tarareo..

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