Veintinueve de octubre del dos mil trece. Veinte horas. En un 132 a Flores.
Nena de dos años.
Remerita de manga larga gris con dibujos de flores rosas. Enterito largo de corderoy rosa. Zapatitos con abrojo, con dibujos de flores rosas. Pelo corto negro. Algunos rulos en las puntas. Dos hebillitas rosas.
Tenía ojos negros, profundos, de esos en los que no encuentro el límite de la pupila porque se mezcla con el iris.
Siempre me gustaron esos nenes que tienen los ojos bien abiertos. Esos que observan todo.
Esos a los que todo les sorprende y a quienes todo les genera curiosidad.
Ella no era la excepción.
Miraba por la ventana. Amagaba "papá", "mamá", y algún que otro "¿dónde?".
Sonreía. Reía. Jugaba. Curiosa.
Hombre de setentilargos.
Ropa oscura. Pelo cano, despeinado. Bigote cano, despeinado.
Cara larga, delgada, un poco arrugada.
Cansado. Simpático. Sentado en el asiento de atrás del de la nena y sus padres.
Cuando la nena se apoyaba sobre el hombro de su madre, el hombre le sonreía. La veía. Le guiñaba un ojo.
Reía. Hacía caras. Jugaba moviendo sus ojos, moviendo su bigote, sus cejas.
Susurrándole "ajó, aaaajó", buscando que lo imite.
Reía.
Y ella también.
Nena de dos años, hombre de setentilargos, y yo.
Nunca logré evitar sacarle la lengua a los nenes.
Nunca logré mantenerme ajena a situaciones tan simpáticas.
Ésta no era la excepción.
La nena me vió. Le sonreí. Le saqué la lengua. Me imitó.
Reimos.
Hinché los cachetes, soplé, moví las cejas, saqué la lengua, la doblé. Me imitaba.
Yo tenía la mochila del colegio abrazada de mis hombros, delante mío. En el bolsillo de adelante, un pin colorido. "Love. Hope. Peace."
La nena lo observó, curiosa. Se puso seria.
Me miró. La miré.
Extendió sus brazos, amagando un abrazo. Sonreí. Sonrió (con los brazos extendidos).
Y en unos pocos minutos, sus ojitos brillaban, el hombre observaba curioso (sonriendo), y yo no era ajena a esa situación.
Cansados o no, avejentados o no, los tres jugamos curiosos, intercambiando sonrisas y miradas.
Siempre me pareció mágico encontrarme con unos bracitos extendidos, un bigote juguetón, y tantas sonrisas, tantas miradas.
Y ésta no era la excepción
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