viernes, 8 de noviembre de 2013

Una plapla del lado de adentro

Treinta de octubre del dos mil trece. Pasado el mediodía. Puesto de diarios sobre Cerrito.
Hombre de cuarenta, nene de cinco

Realmente los puestos de diarios, así, en general, no me atraen. 
No me detengo a observarlos, no me llaman la atención.
Es la persona que va, de manera automática, a comprar el diario, a reclamar, a generar una disputa con otro vecino por el diario compra, a quejarse porque el servicio meteorológico le pifió de nuevo al tiempo.
Pero siempre tuve la intriga de cómo sería estar del otro lado, del lado de adentro.

Caminaba. Giré un poco la cabeza hacia la izquierda y los encontré.
El nene parecía estar haciendo alguna tarea en su cuaderno. Libros y lapices desplegados a su alrededor.
El que supongo que era el padre, ayudándolo. Explicándole. 
Ambos sumergidos en las letras del cuaderno, en los garabatos que salían del lapiz del nene.
("Tal vez una plapla" diría María Elena)

Sí, quizás no era nada del otro mundo, pero era, al fin y al cabo, mucha luz. 
Y salía, ni más ni menos, que del lado de adentro del puesto de diarios.

Reían.
Se miraban. Hablaban.
Sólo estaban ellos dos. Solamente sus risas, sus miradas, sus enseñanzas mutuas, sus aprendizajes. Sus garabatos.
Nada de terceros, nada de métodos de otro mundo con consejos para que tu hijo tenga ese éxito académico que vos querés que tenga.

Ellos dos. Adentro del puesto. Adentro de las letras. Adentro de ellos.

Y no había reclamos, ni disputas, ni quejas porque el servicio meteorológico le pifió de nuevo al tiempo.

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